
EL PUENTE DEL ÁGUILA

El puente del águila
Existen personas que cuando pasan en la noche por el puente del águila sienten cierto estremecimiento por el cuerpo y se preguntan ¿cuál será esa fuerza extraña que produce tales sismos interiores? Otros sienten seguridad al abordar la penumbrosa calle que sube y se bifurca como si pidiera tomar una decisión, ¿qué manto protege a quien siente como un amuleto el paso por este puente? Vamos a conocer una historia de este lugar tan común para un fusagasugueño. Puede ser una explicación a esa sensación que se experimenta al no saber por dónde atravesarse, o una visión romántica arrastrada por el amor a la tierra que nos sostiene; simplemente es sólo una historia más, de esta manera debe ser entendida.
En tiempos pasados donde se unen la quebrada Coburgo y El Arrastradero se había construido un puente de madera con un techo de zinc, este lugar fue protagonista de una historia de amor y terror. Sin embargo, la historia no comienza ahí, es en una finca de las veredas fusagasugueñas donde vivía una familia campesina, orgullosa de su origen y amante de su tierra. En el seno de ésta nació una niña a quien le pusieron por nombre Bertilda. Al crecer, Bertilda desarrolló el mismo amor por el campo que profesaban sus padres; en su finca, ella cultivaba y ayudaba al sostenimiento de su familia. Este romance con el campo duró hasta cuando un fuerte verano azotó al campo fusagasugueño, ya no retoñaban las semillas que se sembraban con esmero, las plagas simulaban nubes que llevaban ventarrones de dientes que dejaban sin hojas las plantas que luchaban por nacer. Bertilda comenzó a soñar con ayudar a sus padres para sobrellevar esta crisis. Este sueño de la joven la llevó a pedirle a los padres que le permitieran trasladarse a la zona urbana del municipio, con unos pocos ahorros la joven llegó a la población de Fusagasugá.
Al llegar a nuestra población, Bertilda se logró ubicar trabajando con una señora modista a quien le colaboraba y de quien aprendía el arte de la aguja y el hilo. En esta labor se sentía muy feliz e imaginaba que había encontrado su propia vocación. Entre pegar botones, marcar moldes y enhebrar agujas pasaba sus días y conseguía unos pesos que entregaba a sus padres cuando el domingo venían al pueblo a aprovisionarse de sal y otros alimentos que no lograban obtener de su tierra.
Un día, mientras medía una tela de dril que pretendía convertir en pantalón, observó que se acercaba a la modistería un hombre apuesto, montado sobre un caballo alazán, el caballero bajó de su caballo y se dirigió a la sala donde la joven alistaba sus tijeras. En ese momento Bertilda notó que se había convertido en una joven bellísima y que comenzaba a sentir dentro de su pecho sensaciones que no experimentaba antes. Después de hablar con la experimentada modista, jefa de Bertilda, el hombre señaló la tela que Bertilda se disponía a recortar; la maestra le indicó a la bella joven que detuviera sus manos y, después de tomar medidas al caballero, corrigió los trazos en la tela con el fin de que el pantalón entallara mejor en su cuerpo. Fue en ese momento en el que Bertilda y el ahora príncipe cruzaron sus miradas.
Dicen que las flechas de Eros se atraviesan donde quieren. Lo cierto es que este pantalón fue el primero que construyó Bertilda para su caballero que siempre volvía por un nuevo pantalón, como excusa para verla. Después de varios regresos, cruzaron palabras, tocaron sus manos sobre telas de dril y sintieron un hilo que los unía y los invitaba al amor. Se convirtieron en novios, en confidentes, en amantes; ya corría el rumor por el pueblo que el acaudalado príncipe había conquistado su cenicienta.
El idilio no duró mucho, un día le comentaron a Bertilda que su príncipe azul no existía... o sí; que no era más que un hombre casado que hacía años había conformado una familia en otra de las veredas de Fusagasugá, donde cada tarde, después de entregarle su amor, lo esperaban una esposa y unos hijos, a quienes también les juraba y a quienes también traicionaba cada vez que acercaba sus labios a la boca entreabierta de Bertilda.
Así se rompió la flecha de Eros dentro del corazón latiente que se enfriaba y se convertía en piedra dentro del pecho de la traicionada. Las mismas voces que le trajeron la verdad trágica a Bertilda le contaban, entre otras historias más, que cerca de la modistería vivía una misteriosa mujer a quien todos en el pueblo respetaban y temían. La ahora fría muchacha se comenzó a acercar hasta este misterio de mujer con tanta frecuencia que terminaba más temprano sus labores de costurera y desaparecía hasta el siguiente día. Después de un tiempo ya dejaba de acudir a recibir el ovillo de Arianda. Más bien, su semblante se iba oscureciendo tanto que parecía dejar atrás su personaje de Cloto, la Moira tejedora; para convertirse en Átropos, que con detestables tijeras corta el hilo de la vida. Y no era para menos, había desaparecido aquella Bertilda alegre, feliz y amante del campo, que sólo pensaba en ayudar a sus padres cuando el domingo venían a misa y a aprovisionarse con lo que los frutos del campo no les proveían; ahora era una mujer huraña, desinteresada de sus padres, sólo mostraba una mirada perdida hacia un objetivo que nadie lograba descifrar. Parecía que esta, ahora mujer, había abandonado a Fusa para siempre.
Sin embargo, la vida en el pueblo continuó, ahora sin Bertilda, pero con nuevas bertildas que pretendía conquistar el caballero del alazán. En una de estas correrías y conquistas el Donjuan tuvo que dejar su caballo en una de las chicherías del centro, pues no pudo sostenerse cabalgando. Salió tambaleando, es cierto, pero de pie, sin embargo, no llegó a su casa, sus hijos y su esposa madrugaron a buscarlo al pueblo; sólo encontraron el alazán amarrado en una calle cerca del parque. La voz corrió por el pueblo, pues el adinerado comerciante era muy importante para pasar desapercibido. De pronto unas personas bajaron por los caminos que descienden a través de las costillas del cerro Fusacatán, traían en guandos un hombre maltratado y malherido. Al ver su rostro no dudaron en identificarlo como el enamorado desaparecido. Lo curioso fue que en sus espaldas hallaron rastros de arañazos como de ave rapaz.
Al ver esta escena algunos comenzaron a murmurar que desde hacía un tiempo, esto coincidía con el cambio de Bertilda, al pasar en las noches por la zona del puente de madera observaban un águila gigantesca y negra, tal vez por la penumbra, posada sobre las copas de uno de los árboles que rodeaban el lugar. Este animalucho parecía vigilar el puente, como esperando a alguien. Lo más curioso es que, por más que buscaron a Bertilda, no la volvieron a encontrar.
Dicen que, como venganza por la traición que sufrió, aprendió el arte de la magia negra y en las noches se convertía en esta descomunal águila, siempre esperando a su traidor. Al verlo pasar desprovisto de su caballo y sus cabales se abalanzó sobre él, lo tomó en sus garras, lo elevó por los aires y fue a arrojarlo en las faldas del cerro Fusacatán donde lo encontraron después.
Cuentan además que esta historia es cierta ya que algunos borrachines, al pasar por este sitio, han observado el águila vigilante de Bertilda que escruta sus ojos donde podrá ver su infidelidad.
